"Turn, turn, turn" A time for a change


ECCLESIASTES 3.1-8


To everything there is a season,
time for every purpose under heaven:

A time to be born, And a time to die;

A time to plant, And a time to pluck up what is planted;

A time to kill, And a time to heal;

A time to break down, And a time to build up;

A time to weep, And a time to laugh;

A time to mourn, And a time to dance;

A time to cast away stones, And a time to gather stones;

A time to embrace, And a time to refrain from embracing;

A time to gain, And a time to lose;

A time to keep, And a time to throw away;

A time to tear, And a time to sew;

A time to keep silence, And a time to speak;
A time to love, And a time to hate
A time of war, And a time of peace.







Exposición de pintura por Labela e Indi 
(Obra expuesta desde Noviembre hasta Febrero)

Restaurante Iurantia
Calle Casanova, 42
Barcelona



Danae y la rata

La rata le comería la boca, vaticinó Didac. Aunque ya hacía unas horas que había amanecido, Danae seguía arriba, estirada en su cama, absorta, con la lámpara encendida y sus profundos ojos negros clavados en el techo, donde circulaban los delfines. Era una mañana soleada de finales de octubre, sábado, con lo cual, la niña, que contaba ya con siete años, y su hermano Didac, dos años mayor, estaban solos en la casa que la familia había alquilado recientemente a las afueras de la ciudad. Sofía, la madre de los niños, una mujer atractiva y con talento para las finanzas, trabajaba mucho para sacar sola a sus hijos adelante. El papá nunca existió, los concibió mediante inseminación artificial, algo muy corriente de esta era en las mujeres que son independientes.
Los pájaros se oían fuertes y cercanos en toda la casa, siendo el único sonido que podía escucharse en ese imperioso y desacostumbrado silencio. Vivían en una casa domótica, con máquinas que se encargaban de hacer casi todo el trabajo de manera estrictamente programada. Los robots pasaron a ser los ayudantes y juguetes de las familias que poseían cierto nivel adquisitivo, como era el caso de los Bernat. Rabot era la mascota de los niños; un robot que era una rata, de mediana estatura, gris, unos ojos verdes redondos, algo maquiavélicos, y una boca completamente dentada.
El teléfono empezó a moverse en el piso de arriba buscando a alguien que le atendiera, pero fue inútil, así que contestó por sí mismo.
-Buenos días, residencia de los Bertrán. ¿Con quién desea hablar?
-Teléfono, soy Sofía. ¿Puedes pasarme con los chicos?
-Hola Sofía. Fui a la habitación de Didac, pero no estaba allí; le llamé pero no contesta. Danae está en su habitación, echada en la cama, tampoco me atendió.
-Teléfono, vuelve a la habitación de Danae y dile que te atienda, que habla mamá.
-De acuerdo.
El teléfono color marfil volvió a dirigirse con sus ruedas por el largo pasillo hasta la habitación infantil, propia de una princesa de cuento.
-Danae, es tu mamá, desea hablar contigo.
Pero el cuerpo menudo y frágil de la niña seguía inmóvil, estático y enmudecido.
-Sofía, no me atiende.
-Teléfono, ¿está dormida?
-No, tiene los ojos abiertos.
-Bien, dime qué ves -dijo Sofía, que empezaba a inquietarse.
-Danae está estirada en su cama boca arriba con las sábanas revueltas. La lámpara de luz está encendida todavía...
“Qué raro, por qué no se habrá apagado ya la lámpara”, se preguntó Sofía, intuyendo que algo no marchaba bien.
-Teléfono, ¿ves algo fuera de lugar en la habitación? ¿Algo anormal en Danae?
El teléfono recorrió la habitación con sus luces rojas parpadeando.
-Sofía, Didac está detrás del biombo echado en el suelo. Tiene los ojos cerrados, parece inconsciente. La mascota de los niños está a su lado.
-Bien, pásame con Rabot -dictó Sofía preocupada.
-No va a poder ser, señora. Tiene la cabeza fuera de su cuerpo, no creo que pueda hablar. En cuánto a Danae, un líquido rojo sale de su boca y cae hasta su cuello.
Sofía colgó inmediatamente el teléfono. Salió a toda prisa de su oficina. Bajó las escaleras de tres en tres. Se metió en su potente coche y arrancó. La circulación estaba densa pero era una hábil conductora y llegó a su casa en menos de quince minutos.
Dejó el coche fuera con las llaves puestas y corrió hasta la puerta que no se abría con el sensor. Buscó las llaves en su bolso, abrió y subió sofocada a toda prisa las escaleras. Llegó hasta Danae, la tocó, le habló, y entonces, ambos chicos se levantaron disparando en carcajadas, saltos y gritos, abrazando a la madre.
-¿Pero, qué significa esto? -exclamó Sofía desconcertada.
-Era un plan, mamá -anunció Danae agitada y feliz.
-Para que vinieras a pasar este bonito sábado con nosotros -prosiguió Didac-, simulamos que la rata, le mordió la boca.

Acerca de la lluvia

El vapor de agua contenido en las nubes se condensa. Entre esféricas y achatadas, las gotas caen a una velocidad superior a 3 m/s, sin parar desde hace más de un día y medio.
Con fuerza seductora, la lluvia, que no virga ni llovizna, va de la moderada a la muy fuerte, alternándose chubascos.
Lluvia que depende de la presión, la temperatura y la radiación solar.
Lluvia que conecta el cielo con la tierra.
Lluvia que es precipitación de agua en forma de gotas. Gotas que golpean contra el suelo como si fueran agujas disparadas; al llegar, reposan para sostener a las demás, las que vendrán sin aviso, sin detenerse un segundo. Éstas, acabaran distribuyéndose de forma irregular entre plantas, caudales de ríos, océanos, pozos subterráneos…
Gotas que, sobre el asfalto, crean como pequeños lagos; charcas circulares con reflejos de colores, reflejos mágicos con vida móvil en sus adentros.

Acerca de la lluvia ácida… Discúlpanos, Tierra. Lamento las vidas que mueren…

Salgo al jardín. Sin paraguas ni sombrero.
Quiero empaparme, regarme, calarme hasta los huesos y gritar; gritar a todo el que oiga.
Gritar desde mis entrañas que la lluvia, puede producir muerte espontánea.

Laberinto mental

Cruda e insistente sigo divagando por ese laberinto. Acababa de salir de Nod*. ¿Hacia dónde seguir?
Todavía aterrada y estremecida por la sombra y sus habitantes. Las imágenes de los inmensos colmillos afilados, las garras largas y adelgazadas y los ojos ensangrentados conviven dentro de mi cabeza. Estoy como derrochada en el limbo. El laberinto sigue oscuro; el camino se alarga en un pasillo largo y estrecho con salientes infinitos. Oigo, a lo lejos, una gotera acompasada y regulada. Mi respiración sigue agitada. Mi corazón parece querer salir de mi pequeño pecho. Sensación de ahogo, jadeos, resudor… y aún restos de lágrimas cosidas a mi piel. Observo mis pitillos negros, sucios ya y algo desgarrados, y los tirantes negros que los retienen a mi cuerpo. Las paredes, de un azul Prusia casi negro, obtienen un aspecto gélido, húmedo, sombrío y solitario.
−¿Hacia dónde seguir?
Giro en torno a mí, doy varias vueltas sobre mi eje. Estoy perdida, lo sé, pero también sé que luz y sombra son como las dos caras a la moneda.
Mi cabeza empieza a doler, toda ella, como si la golpeasen con martillos a la vez que la apretaran con paños fuertemente; la sujeto con mis pequeñas manos, como buscando alivio. Mi largo pelo ceniza está empapado todavía, y grito desde las entrañas, una y otra vez, “¿hacia dónde?”
Las puertas, interminables… “¿Pistas?”
Sigo caminando, ya sin correr, aunque con paso todavía acelerado, aún agitada, aún con el sudor resbalando sobre mi piel fina y clara. Aunque desesperada, también alentada, pues creo haber salido de la sombra, al menos, de esa en concreto.
“Hacia el agua”.
Y sigo, caminando con paso firme, acercándome al sonido que produce la gotera.
Una puerta llama mi atención. Es una puerta algo estrambótica, llena de formas suntuosas doradas. Una cara parece salir de la mirilla y me llama con voz solemne. Al detenerme, compruebo que la puerta de enfrente, humilde y sencilla, de una madera de haya, se abre. Dejo la voz seguir con su monólogo arrogante para adentrarme en la puerta que se abrió sin resistencia, sin esfuerzo.
Reconozco el lugar. Es un lugar que yo cree hace mucho, mucho tiempo, cuando era muy niña. El lugar en el que me solía refugiar para terminar con la realidad. Los árboles se extienden a lo lejos, creando sombras que me atraen sobre la tierra; las flores, infinitas, derrochan dulcemente el perfume; el cielo, azul claro y limpio, da luz a todas las hadas y elfos que conviven en ese lugar, el lugar de la magia, de la fantasía. Las luciérnagas y las mariposas revolotean juguetonas, los seres y animales conviven en paz. Cerca del lago, las hadas ya han preparado una balsa de madera, con grandes hojas y flores blancas que la adornan. Vienen a buscarme. Me abrazan. Las luciérnagas vuelan sobre mi, alternándose para susurrarme cosas al oído. Ariel está tocando su flautín sobre una hoja de parra. Me ayudan a desnudarme. Me baño en un tonel de madera con flores de lavanda. Para cuando salgo, las hadas voladoras ya me visten con la gasa blanca, dando vueltas a mi alrededor, creando el vestido para la ocasión. Las mariposas visten con algunas flores mi pelo y mis manos. Descalza, camino hacia la balsa. Todos me acompañan. Nos abrazamos. Agradezco profundamente desde mis ojos puros y marcho, marcho sobre la balsa sostenida por el agua clara llena de nenúfares hacia el merecido descanso eterno, hacia el infinito fin.


*Nod: el hogar de los seres de la niebla, la grieta entre los mundos. Surge de “Mujeres que corren con los lobos”, de Clarissa Pinkola Estés.

Japanesse


Labela 2002
Esmalte Vitri al fuego sobre cobre
Ejercicio en Escuela Llotja. Imagen adaptada desde una postal

Cayendo

Labela 2009
Watercolor on paper
30 x 21 cm.
Exercise classes. From Lady Cottington's, "Pressed Fairy Book"

El primer día de clase

Supongo que me sentí perdida, desconcertada; quizá incluso un poco enfadada por la comodidad a la que estaba acostumbrada y me arrebataron. Supongo que tuve mucho miedo e incluso que sentí que me faltaba el aire, que me ahogaba. Supongo que el aturdimiento y la desorientación también formaron, muy tempranamente, parte de mí.

Supongo que las sensaciones que experimenté en ese mágico momento no volveré a sentirlas jamás, ni tan sólo podré explicarlas; nadie podrá nunca interpretarlas. Supongo que me sentí atrapada aunque paradójicamente estaba siendo liberada. Supongo que me sentí querida pero que me dolió la independencia a la que me sometía tan de repente. Supongo que era necesario ver la luz después de permanecer nueve meses en la más dulce oscuridad.

Supongo que en mi pequeña faz se reflejaba el temor aunque la alegría de ellos era permanente en ese momento. Supongo que todos vivían un bello y soleado día de primavera cuando yo sólo veía truenos y relámpagos.

Supongo que hubo sonrisas y lágrimas, miradas y abrazos. Supongo que hubo dolor y esperanza, rabia y amor.

Seguro que esa fue mi primera visita al exterior, pero supongo que tampoco vi nada. Seguro que hablaron largo y tendido sobre mí, pero supongo que no escuché nada. Seguro que siempre se recordará ese día, pero supongo que no cambia demasiado las cosas. Seguro que alguien decidió que yo estuviera ahí, pero supongo que también dudaron en ello.

Supongo que sólo puedo suponer como fue un día “supuestamente” tan importante como el primer día de clase.

El oro del rojo y el verde

Rojo: Vida versus muerte. La eternidad del instante.
Tarde de ayer, tarde de un lunes de finales de abril del 2010. El sol asomaba tímidamente de vez en cuando. Estamos fuera. Viento frío. Aire manifiesto y ya revelador de qué, con su fuerza, agita las cosas. Una terraza nos invita a sentarnos. Terraza en una esquina abierta, con visibilidad y amplitud. Vemos la diagonal desde donde estamos sentados. Coches aparcados, semáforos, gente que pasa, vehículos que circulan, una porción de césped y los raíles del tranvía. El sol se oculta. Las nubes lo esconden. La cerveza está fría y descubrimos que en el Mar Mediterráneo se encuentra el segundo cetáceo más grande del planeta. El cigarrillo va consumiendo su corta vida. Se acerca el tranvía, blanco, con algún detalle gris y verde primavera químico. Ambos lo observamos llegar a su ritmo, sobre los raíles. Su semáforo está en verde. El semáforo de los peatones, en rojo. Ambos hemos dejado de hablar, observamos la circulación que tenemos frente a nosotros. El tranvía se acerca al semáforo (al suyo y al de los peatones). El suyo sigue en verde; el de los peatones, en rojo. Es entonces cuando, una bici, ha aparecido como de la nada; apareció para salir disparada, propulsada, arrojada; topó directamente con el frontal del tranvía. Tal y como el tranvía golpeó la bici, expulsada salí también de la silla que me sostenía. Ambos lo vimos todo. No podíamos creerlo. No lloréis, en el mundo morimos como moscas*. Pero no, no estaba muerto; el instinto de supervivencia apareció para asumir el papel protagonista de la historia. El conductor de la bici logró saltar y salvaguardar su vida, realizando una acrobacia inimaginable para él si la hubiera pensado. La bici no se salvó, quedó expelida y siniestra.
El conductor del tranvía, en esos escasos segundos que se le antojaron infinitos, se plantearía la vida y la muerte, lo efímero del todo y la eternidad del instante, instante fugaz que puede cambiar tu vida para siempre. La rutina, su rutina, se vio trastornada, perturbada y descompuesta. ¿Cómo vivir pensaría en esos segundos escasos que parecieron infinitos con una muerte sobre mis espaldas? Nada cambiaría el hecho de que su semáforo estuviera en verde, eso lo sabía.
El conductor de la bici, en esos pequeños segundos que también parecieron infinitos, en esa eternidad que fue ese instante, vio toda su vida pasar; él no pensó en el color de los semáforos; sólo revivió, antes de iniciar ya la acrobacia y mientras volaba, su existencia ya pasada; pudo comprobar que, un segundo, era más que suficiente para revivirlo todo, para acabar con todo. Pensó también, antes de colisionar, en parar; en esa milésima de segundo vio infinitas posibilidades, pero era tarde para evitar lo que ya estaba encima de él, (el tranvía le parecería aún más grande si cabe); ya no había tiempo, ya no había nada que hacer más que dejarse llevar por algo fuera del alcance de su mente. Llegó el instinto. Un instinto más fuerte y con más poder que él; una tendencia en la que la mente no puede actuar, fue lo que le salvó. Ese reflejo no piensa, es esencial; sólo actúa movido por una especie de voluntad inexplicable; (quizá, de haberlo pensado, no se hubiera salvado); pero el instinto de supervivencia, innato e inherente, ganó la carrera a la mente (¿acaso le dio opción?) y le salvó.
Aún él en el suelo no comprende como ha podido salvarse al comprobar que está vivo, que siente su cuerpo, que nota el asfalto sobre el que está echado y que engulle el sabor de la sangre dentro de sí.

Verde: Pájaro versus gato. La lucha.
Un pájaro ha entrado esta mañana en casa a través de la sala del comedor. El reloj había tocado las nueve. Ya todos habíamos desayunado y me disponía a escribir. Era un pájaro muy bonito, de un marrón casi negro, tres veces el tamaño de un pequeño gorrión, estilizado y ágil. Margot, la gata que comparte vida aquí, lo ha atrapado tras un brinco y ha empezado la lucha. Lo tenía en el suelo, pescado, trabado; el pájaro, que al principio se resistía, ha dejado de moverse. Por un momento pensé que lo había matado, pero no, el pájaro se hacía el muerto. Margot se ha retirado escasos metros, alerta, preparada para volver a lanzarse y, cuando el pájaro no ha sentido su presencia y se ha creído a salvo (¿tendrán conciencia temporal?), se ha movido. Margot, que estaba presta, ha vuelto a apresarlo. De nuevo, la lucha y el forcejeo. Ahí si he pensado que el pájaro estaba muerto; estirado en el suelo, rígido, boca abajo, con una de sus alas, la izquierda, abierta en demasía. Una mácula de vómito, de un verde sucio, yacía junto a él; mancha inanimada, extinta y amarga.
Estaba preguntándome ya si debería enterrarlo, (no lloréis, en el mundo morimos como moscas)*, cuando el pájaro me ha mostrado que seguía vivo. Era otra de sus tácticas inteligentes, su agudo instinto de supervivencia.
Al final, el pájaro ha logrado deshacerse de ella y ha empezado a planear por la casa (vuelo bajo, en casa no hay mucho espacio). Margot botaba escasos segundos por detrás de él, obsesionada por su presa, con sus enormes ojos verdes casi fuera de órbita; el pájaro se golpeaba una y otra vez contra las paredes, buscando una escapatoria, hasta que, de repente, ha usado todos sus canales, ha apuntado bien y ha salido de nuevo, disparado y veloz, por la misma ventana por la que entró.

*De un poema de Tristan Corbiére, Carta de Mexico.

El oro: Crisis versus renacimiento. El instinto de supervivencia.
Ambas historias demuestran que hay un instinto inherente en el ser humano y los animales: sobrevivir.
Ambas se complementan y muestran que los conflictos, los aprietos, los peligros, los trances, los ahogos… Cualquier tipo de crisis, sea del tipo que sea o se esconda bajo la forma que sea, son caminos hacia el renacer.
Suelen manifestar un cambio importante, a la vez que necesario, para nuestras vidas, que ya no serán las mismas, que ya contarán con más herramientas.
Aunque duro, áspero, doliente y agotador, quizá de ninguna otra forma podríamos actuar, ya que, el acomodamiento, la rutina, el no ver el peligro que corremos exponiéndonos en según que situaciones, el automatismo, la prostitución y la negación del uno mismo (entre otros) también existen.
Ambas historias enseñan cuánto podemos aprender desde los shocks y los miedos y que, hay una voluntad característica y esencial en la vida, un reflejo por salir de nuevo a la superficie.
Salir de nuevo, tras restar en las profundidades que más miedo nos producen durante un instante que pareció eterno; ver la luz, sentirnos vivos y respirar; respirar y coger el aire que nos faltó mientras estábamos en la lucha; salir y sentir la fuerza de la vida en tus entrañas de nuevo; salir, disparado y veloz, y sentir cómo circula dentro de ti, bombeada por el corazón, la sangre; santa sangre, oro líquido.

Pensamientos hacia Montserrat

Las piedras rugen con fuerza y se alzan hacia un cielo blanquecino y grisáceo. Mediodía de un día de primavera otoñal. El mundo sigue sumido en el tempo de las marionetas y las hormigas obreras, pienso para mis adentros mientras vamos acercándonos con la furgoneta hacia Montserrat. Para quién no es una marioneta, pueden dársele pastillas varias. Hay infinidad de ellas; un montón de drogas que apaciguan y esconden a los monstruos, los ahogan más adentro, los sumergen más hacia las profundidades de uno mismo. Suele ocurrir cuándo no saben qué hacer con alguien, cuándo no entienden su código y/o su realidad. Pasa a veces con los qué, según ellos, piensan demasiado rápido o tienen demasiadas ideas, o, o, o…
Quizá, matando el corazón y la mente de los que se salen de la norma o lo normal, el sistema sigue en pie. Pero quizá… No. Quizá esto no es más que el inicio de algo, la caída de algo. Porqué… ¿qué ocurrirá si cada vez más enfermamos? (Lo cuál, dentro de una sociedad enferma, cada vez más enferma, es una posibilidad harto probable). Qué pasará si, de repente, ¿cada vez menos podemos trabajar? Si, el menos, ¿va convirtiéndose en la mayoría? ¿Qué pasará entonces con el sistema capitalista, que tanto necesita de las marionetas y las obreras? ¿Qué ocurrirá si la gente ya no puede estar por más tiempo desconectada de su alma y sólo puede hacer lo que ha venido a hacer, y elige dejar de prostituirse? ¿Caerá el sistema?
Sin embargo, ¿cómo llevar todo esto? ¿Cómo seguir fuerte y confiar, a pesar de “la etiqueta”? ¿Cómo lograr que no destrocen a un ser humano, que no le quiten su poder?
El verde bosque reviste las piedras. Las piedras parecen tener vida propia. Veo magos, brujos, reyes y doncellas. Puedo imaginar conversaciones entre ellas y crear toda una vida tras ese abrupto paisaje. Aquí no hay lugar para los jazmines ni las rosas; sólo sencillas y duras florecillas silvestres… “Parecen tan delicadas, sin embargo”. Imagino infinitos insectos luchar por su supervivencia, entendiendo y aprendiendo con las leyes de la naturaleza, con sus ciclos. El bosque está poblado. El verde muestra una gran secuencia en la paleta. “¿Cuántos animales habrán ahí, en esa pequeña porción? ¿Cómo lograr que no destrocen a un ser humano válido? ¿Cómo conseguir que se reinterpreten algunos funcionamientos?”
Aquí hay poder digo al conductor de la furgoneta.
Vamos subiendo entre pronunciadas curvas, observo el precipicio; desafiante se me muestra desde mi lugar de copiloto, mas, esta vez, no siento el vértigo. Algo en mis oídos causado por la presión, no más. Huelo lo auténtico, lo que todavía no ha estado contaminado. Estoy fuera, pero aquí, siento algo más de tranquilidad. Leo en voz alta Carta de México, de Tristan Corbiere y, Mi bohemia, de A. Rimbaud. Acerca del primero, reflexionamos sobre la muerte. No lloréis. En el mundo morimos como moscas. Respecto al segundo, me horroriza la traducción.
Mira el paisaje me dice.
Cierro el libro. Verdes, rocas, azules y grisáceos. “¿Cómo se llaman esas pequeñas flores amarillas?”.
Ya se ve desde hace un rato la gran punta, fálica y potente, que parece querer alcanzar el cielo. Ahí está nuestro destino.
El silencio nos acompaña. En mi mente, aún no existe. Aún subida a ese trineo que baja a toda velocidad. Todavía temblando por las turbulencias. Todo sigue yendo a una velocidad que apenas puedo controlar. El miedo sigue vomitando. “Poco a poco”.
Hemos llegado a Montserrat y encontramos un parking por el que tendremos que pagar después cinco euros por estar apenas 33 minutos.
El lugar de reposo está contaminado por gente, demasiada gente. Y pienso que me sentí mejor durante el trayecto. Los escolares se mueven en grupo. Sus profesores les guían. Las niñas cantan en coro vestidas de un violeta espiritual. Aquí, al menos, no veo garras ni colmillos salientes y, aunque preferiría algo más de intimidad, esto es más soportable que todas las hormigas, marionetas, animales condenados y corruptos y seres que intentan sobrevivir, aún con su alma, que tantas veces llora, en la ciudad.
En principio, los retiros, están reservados para religiosos o estudiantes de teología. Sin embargo, en Lérida, hay una casa en la que quizá… puedo darte los datos. Y así, el secretario de la Orden me imprime un papel blanco con los números de teléfono y personas de contacto.
Camino del pasillo de las velas para descubrir que, la cera que caía como todavía derramándose, petrificada en colores, casi dejó de existir. “Alguien la habrá limpiado”. “¡Qué lástima!”
Vuelvo a ponerme nerviosa. Los grupos, la gente. “¿Cómo hacer un retiro aquí; esto casi parece una feria?”
A lo que iba, a las etiquetas, a las drogas asociadas, a las muchas vidas que supongo que habrán destrozado con diagnósticos, a las que no, a las que habrán matado en vida con drogas que los anestesian e insensibilizan, a las que no, a que estamos en el año 2010 y la sociedad sigue envenenándose por la conquista del poder y el interés en pos de la ternura y la humanidad y que, hasta que el sistema capitalista no se caiga, no sé como esto podría cambiar. Pensar en otro sistema… pienso en otras posibilidades… Todo se me antoja tan complicado, tan grande… “De la totalidad, al detalle”
¿Por qué siento de repente este gran peso encima de mí? Siento un latigazo en los riñones, y otro, y otro. Una serpiente me golpea con la fuerza de un vergajo. Casi pierdo el equilibrio. Vuelve el mareo.
¿Tengo fe en nosotros, la humanidad? ¿Lo lograremos? Pienso en la revolución del 68 y vuelvo a sentir el vértigo y la náusea. Tengo fe en que, desde la consciencia individual, podremos llegar a la consciencia colectiva y cambiar al mundo. Aún creo. Ya crecí, pero aún creo y, no, no me doy por vencida. Aportaré mi granito de arena desde donde pueda. Es lo único que puedo hacer, lo único que podemos hacer, lo único que hace que siga viviendo y soportando esta asquerosa náusea.

La niña y sus zapatitos rojos

La niña, que ya no es tan niña, ha perdido sus zapatitos rojos*. Alguien le pregunta dónde están, pero la niña no puede recordar cuándo ni cómo ocurrió. ¿Cuál habrá sido el inicio de todo? ¿Dónde encontrarlo si todo es tan abrumadoramente cíclico?
Ella sólo sabe que todo fue demasiado deprisa. Hace frío. Mucho frío. La niña está temblando. La nieve estaba por todas partes y ella sólo corría, sólo podía correr para escapar. Escapar de ella, escapar de él, escapar del miedo. La gente está muerta, se decía, sólo veo muertos. El fuego me persigue, no quiero quemarme. Corría y corría por ese mundo inerte. Las llamas brillan agresivas en la oscuridad. Los gritos desesperados de familias enteras me golpean los tímpanos. Déjenme salir. Hay demasiado ruido. Demasiado sufrimiento.
Ahí me tienen encerrada y me violan y me golpean. La niña tiene violetas y escarlatas en su tez escuálida y cadavérica. Su vestido blanco está roto, mordazmente roto. La niña tiene frío, grita que la dejen salir. Vomita.
Allá ayudo a mi pueblo y rezo a los dioses para que la cosecha no se eche a perder. Se va y vuelve y vuelve a irse. Corre, se decía a sí misma, corre. Tengo frío, déjenme salir. Me duele. Ahí me están embalsamando; alguien logró, otra vez, su cometido. Demasiado frío. Tiembla.
El aliento apenas ya la sostenía, las fuerzas amenazaban con abandonarla, pero seguía corriendo, sin mirar atrás, escapando del miedo, huyendo de ella y de él. El pueblo, apenas despierto, pasaba por su lado como si fuera un escenario teatral. “Pide ayuda”, le susurró alguien, pero ella no podía parar (¿huía de la vida? ¿De sus semejantes?).
Sus pies, vestidos de rojo charol, parecían ir solos, como si tuvieran voluntad propia. La niña está empapada en sudor, completamente rígida. Tiembla y convulsiona. Otra vez, el vértigo. Déjenme salir. Vuelven los escalofríos. No quiero volver al precipicio. Sigue temblando. Más mantas. Cierro los ojos y, el estómago, que me da un vuelco, me empuja hacia abajo. Me caigo; me siento como Alicia mientras sucumbía hacia el subterráneo. Todo va demasiado deprisa. Todo está muy oscuro. Paren, paren.
El rimel negro dibujaba líneas aguadas e irregulares hasta su cuello, como pequeños riachuelos algo sucios. Otra vez, vomita; los miedos salen propulsados como si fueran un obús.
La niña ya no puede correr más. Ha perdido sus zapatitos. “¿Dónde están tus zapatitos rojos?”
El camino, desdibujado; la niña, agotada. "Déjenme salir, tengo frío, tanto frío…"
Paren el mundo, quiero bajarme.
-Descansa. Recuperarás tus zapatitos.

*A quién le interese indagar en el mundo de los símbolos, buscar zapatos rojos. Aunque hay varias interpretaciones con respecto a ellos, recomiendo especialmente el cuento de la doctora Clarissa Pinkola Estés. Ella los asocia al poder.

Burbujas pinchadas

La primera vez que vi a Melancton me enamoré de él. Creo que fue por sus facciones reptilíneas, sus exóticos ojos verdes y su mirada de loco. Era de noche. Yo andaba sola por la ciudad, buscando no sé qué. Estaba sentada en un banco, escribiendo algo, cuándo pasó él con un abrigo largo de franela negro. Me pareció un tipo interesante, así que me levanté y decidí seguirle. Él también iba solo, como buscando algo con su mirada. Percibí que notó mi presencia ya en el banco y que también se percató de que le seguía, pero no hizo nada, al menos, al principio. Caminábamos por el gótico, entre multitudes cargadas con cervezas y otras sustancias. Cogió la calle Avinyó y luego giró para ir hacia la plaza del Tripi; ahí me encontré con Ángel, un viejo amigo, vagabundo. Él, al ver que me paraba, se detuvo también a escasos metros. Esto empezaba a convertirse en un juego y eso me gustaba. Me despedí de Ángel y cuándo volví a mirarle, había empezado ya a caminar. Entró en un bar, y yo, detrás de él. El local estaba decorado básicamente en verde y rojo, incluso la luz era de dichos colores. Se sentó en la barra. Observé de sus educadas formas cuándo se quitó la galera solo con pasar el umbral. Su pelo, de un castaño ceniza, estaba cortado con personalidad; me recordaba a Egon Schiele. Pidió una cerveza. Yo otra. Nos separaban unas siete personas. En un momento dado, se levantó del taburete para ir al baño. Cuando volví a mirar en mi reloj, y vi que habían pasado unos diez minutos desde que se fue, me pregunté qué estaría haciendo. Pasaron unos largos minutos más y seguía sin aparecer por el pasillo rojo. Empecé a preocuparme, así que salté del banquillo. La puerta blanca del baño de los chicos estaba cerrada. La golpee, pero nadie me contestaba. Golpee con más insistencia, preguntándole si estaba bien. De repente la puerta se abrió y me lo encontré echado en el suelo, demasiado pálido, incluso para alguien de piel tan clara.
Estoy mareado me dijo.
Miré el minúsculo espacio y vi una aguja sobre la tapa del inodoro.
Al ver mi cara de asombro, replicó: No es lo que parece… soy yonqui desde niño, pero por la diabetes.
Le ayudé a inyectarse con sus indicaciones mientras pensaba en la profundidad de su voz, y cuándo pudimos, salimos de aquel club. Me ofrecí a acompañarle a casa aunque ya se sentía mejor. Caminamos por callejuelas estrechas, con bolsas de basura por el suelo y olor a orín, hasta llegar a su puerta; un edificio antiguo que no tenía ascensor. No hicimos comentario alguno sobre los cuatro pisos que deberíamos subir. Él iba delante de mí, en silencio. Al llegar a su pequeño y descuidado apartamento descubrí que era pintor. Si en ese momento me hubieran dicho que todo terminaría como acabó, nunca lo hubiera creído. La sala que tenía destinada a ello estaba repleta con cubos de pinturas; pigmentos en rojo, índigo, prusia, blanco…; telas, sábanas arrugadas por el suelo… Un enorme foco de luz con una bombilla negra me llamó la atención. Vi todo esto por la luz que entraba en dicha sala a través del comedor. Mientras, él, que me ofreció algo para beber, descorchaba un vino tinto. Le pregunté por esa habitación y me invitó a entrar mientras me hablaba de su trabajo; usaba pigmentos que se veían sólo con luz negra.
¿Quieres verlo?
Yo estaba postrada ante un óleo de fondo rosado al que enfocaba la luz, apagada de momento.
Me gustaría le dije, aun sin acabar de entender su pregunta.
Lo que en un principio no era más que un fondo rosado, al encender el foco, y cambiar la luz a negra, se convirtió en una figura. Un esqueleto humano nació, creándose como de la nada; surgió inesperada y claramente del rosado, como si éste lo expulsara hacia fuera. Sentí una especie de admiración mezclada con terror. Terror que provocó el cuerpo humano sin piel, sin ojos, y pómulos extremadamente salientes.
La mayoría de los artistas incluso a veces anhelan más horas de luz natural, sin embargo, él, pintaba en la oscuridad, viendo a través de una bombilla negra.
No quería irme de ahí, quería conocerle más… Descubrí que había nacido en Viena, aunque siendo niño se trasladó a Francia y luego España; provenía de una familia adinerada que no llevaba demasiado bien su modo de vivir. Tenía 33 años y necesitaba que la gente recordara la fecha de su cumpleaños. Vivía entre Barcelona, París, y Australia. Bebía bastante. Le gustaba Bauhaus y no soportaba las sandalias ni ir a la playa.
Cuando amaneció estábamos ambos borrachos, hablando sin parar. Se oía el ir y venir del mar. Me preguntó si tenia sueño, le dije que no. Temí que él sí, pero no. Me propuso bajar, me dio unas gafas negras parecidas a las que él llevaba, y salimos. Caminamos sin rumbo fijo y ninguno de los dos preguntó al otro que qué quería hacer, sólo íbamos. Hablábamos y estábamos juntos de una forma muy natural; creo que era porque los dos compartíamos el sueño de vivir con la creación de la belleza y ambos podíamos ver bella incluso la muerte.
Cogimos el metro para adentrarnos en el parque del laberinto. Melancton era un gran observador, buscaba siempre nuevas formas de vida y muerte. Inspeccionó de manera minuciosa entre el musgo y los rosales. Yo me estiré un rato sobre el césped, al lado de un rosal de flores escarlata. Creo que debí quedarme dormida porque cuándo abrí los ojos tenía una rosa a mi lado, sellada con un beso en la mejilla. Me desperecé. Con un abrazo me levantó y salimos del parque. Deambulamos durante horas, observando y/o haciendo observar al otro: Las sombras góticas en el suelo, la cara picassiana de un señor, la curva de ese cuerpo, la forma de una mancha en el banco de piedra, el efecto de unos zapatos abandonados, colocados en medio de una calle...
Entré un una cafetería y pedí dos solos para llevar. Él estaba fuera, fumando en la sombra, mirando hacia el suelo. Lo miré y me pregunté en qué pensaría, parecía absorto.
¿Te gustaría venir a casa a pintar? me preguntó mientras le ofrecía el vaso.
Ninguno de los dos quería que aquello terminara y, aunque sabíamos (o sabía), que en algún momento deberíamos cortar el cordón umbilical para seguir con la realidad de la vida, lo alargamos todo lo que pudimos.
En la ruta hacia su casa, paramos en un restaurante italiano. Ensalada, pasta casera y vino tinto. Pocas palabras. Ambos concentrados en la comida. Café y limonccello. Salimos con una alegría rojiza bañada por el sol hacia su apartamento. Al llegar, yo necesitaba agua, y él, su dosis, que me permitió que se la inyectara nuevamente.
Fumamos un cigarrillo en silencio y luego me dio una bata para que me cambiara. Salí de la habitación al comedor y él ya estaba en la sala, con el foco negro encendido. Había puesto un óleo de unos sesenta por noventa centímetros sobre el caballete. De ese momento surgió, Elogio en negro, así lo titulamos. Un cuadro espontáneo en negro, blanco y carmín. Abstracto, claro. Lo pintamos básicamente con el cuerpo, todo empezó con los dedos de las manos. Fue toda una experiencia pintar enfocada con luz negra.
No hablamos de la obra más que para decidir el título al final.
Después nos pusimos a dormir, agotados y abrazados.
El sol entraba ya a través de sus ventanas. Dormimos más de diez horas seguidas. No quería irme. Él no quería que lo dejara. Pero tuve que hacerlo, como tantas otras veces.
Cuando estábamos juntos era como vivir en una burbuja hasta que yo la pinchaba de nuevo para volver a la realidad. Él no podía comprender por qué me iba, yo no sabía cómo hacerle entender que debía hacerlo. Todas mis justificaciones: el trabajo, el dinero, la casa… le parecían banalidades absurdas. Yo le decía que su manera de enfocar nuestra vida era pura fantasía. Esto era lo único que provocaba discusiones entre nosotros. No soportábamos el dolor punzante que provocaba la aguijada en nuestro espacio.
Luego se trasladó a París. No le acompañé. Nuestro contacto se redujo a escasas y cada vez menos palabras.

Todo esto fue hace ya algún tiempo, sin embargo, a menudo todavía me pregunto, que hubiera ocurrido si no me hubiera ido.

Te pienso.

De Marc para Carlota (Dónde quiera que estés)

Mi querida Carlota, sigues aquí... todavía. Sentí miedo.
Intenté comunicarme contigo. ¿Te lo han dicho, verdad? Estás hermosa, tan bonita como siempre. Tenía muchas ganas de hablar contigo, te he anhelado tanto estos últimos días...
Toqué Londres el día previsto, aunque ese viaje estaba condenado al fracaso desde el comienzo, cuando mi secretaria compró un billete con 2 escalas y llegada a la ciudad inglesa el mismo día de la reunión, tan sólo 2 horas antes.
Aterricé con retraso y, para colmo, mi equipaje se había extraviado. Los grandes jefes no esperan más de 10 min., y yo aparecí 2 horas tarde, sin mi equipaje, por supuesto. Cuando comparecí, estresado, a la sala de conferencias, la recepcionista me dijo que la presentación se realizaría al día siguiente, como imaginé. Me fui dando un paseo bajo el gris y frío londinense hasta el hotel en el que me hospedé; era un pequeño y acogedor edificio elegante, estilo victoriano. “A ti te hubiera encantado”. Te imaginaba conmigo en esa cama de hierro forjada, bailando sobre el colchón con tu pequeño camisón de puntilla blanca y riéndote a carcajadas. Intenté hablar contigo, pero no pude. ¿Me crees, verdad?
Telefonee también a la oficina para informar a mi secretaria de su desastroso trabajo y para que avisara a Javier de lo sucedido. Luego bajé a cenar algo; mientras pensaba lo que tú pedirías llegó el camarero y pedí lo que creía que hubieras pedido tú, y escogí tu vino favorito. De nuevo volví a marcarte al llegar a la habitación, pero aún nada, y no me decían cómo encontrarte.
Al día siguiente llegó mi equipaje. Me preparé y me fui a la presentación, que resultó un desastre. No lograba concentrarme, y, de esos treinta ojos que me observaban, (algunos tranquilos, otros desconfiados y altivos), había un señor que me miraba de un modo extraño, provocaba en mí una innombrable sensación. Durante la exposición me topaba con su mirada continuamente, como si estuviera justificándome ante él; un él de unos 40 años, impávido, arrogante, con un bigote rígido, tanto, como su postura.
¡Cómo hubiera necesitado que estuvieras en esa puerta al salir!
De la reunión me fui sin respuesta, me dijeron que en dos días nos darían contestación. ¡Dos días! ¿Sabes lo que significaba eso? Yo ya debía estar en Australia para entonces. Todo volvía a complicarse. Marqué a la oficina para hablar con Javier. Me dijo que eran gajes del oficio, pero en realidad, lo que era, era una gran putada. Necesitábamos firmar ese contrato; la agencia no pasaba por su mejor momento y habíamos estado trabajando mucho en ese spot. Sin embargo, tenía razón, desesperándome no lograría nada.
Volé a Australia. La pieza, supuestamente, llegaría casi al tiempo que yo. Aterricé a la hora prevista, tomé un taxi hasta el hotel y telefonee para cerciorarme de la hora de llegada de la obra. Sentí miedo Carlota. ¿Y si se hubiera extraviado, o se hubiera roto alguno de los cristales? ¿Qué sería de mí? Tú, más que nadie, sabe cuánto he trabajado en este proyecto, mi proyecto, mi gran obra. Me ha costado tanto llegar hasta aquí. Contestaron al auricular y me dijeron que el paquete estaba por llegar a su destino en unos minutos. Y así fue.
Cuando la tuve entre mis manos, después de desenvolverla con sumo cuidado y comprobar que estaba perfecta, volví a telefonearte, pero tampoco logré comunicarme contigo. Me di un baño de agua caliente y salí de la habitación, y del hotel. Decidí pasear. Hacía frío. Te imaginaba gélida proponiendo ir a algún bar a tomar vino caliente. Te veía con tu naricita roja y tus frágiles manos congeladas. Seguí paseando y en un escaparate, vi este collar.
Ven, déjame que te lo ponga. ¡Sabía que era para ti! ¿Te gusta?
Después de adquirirlo fui a tomar algo a un bar que tú hubieras escogido; tenía un sofisticado estilo barroco, sin llegar a ser ostentoso. Tomé dos vinos mientras te escribía una carta. “No la has recibido todavía, supongo”. Luego me marché para reunirme con el secretario de la exposición. Otra vez anhelé que estuvieras conmigo; aunque sabía que eso no era posible, lo desee con todas mis fuerzas mientras escuchaba de fondo al atento caballero, que me contaba los últimos detalles para la muestra.
De ahí, regresé a mi habitación, puse música clásica, me lié un cigarrillo sentado sobre un cómodo sofá esmeralda de los años 70, acerqué una mesita con ruedas sobre la cual coloqué el mac y releí de nuevo información sobre los sólidos platónicos.
“¡Cómo te necesitaba en esos momentos!” Me serví un coñac y sonó el teléfono, corrí a atenderlo, pensé que serías tú, pero no...
Con el señor Marcus.
Yo mismo. Mi corazón se alteró repentinamente, no supe el por qué.
Buenas tardes señor, le llamo de la agencia de chóferes. ¿A qué hora debemos recogerle mañana por la mañana?
Ah! Era eso.
¿Cómo dice?
No, nada, no tiene importancia... A ver, déjeme pensar. A las 08.30h.
De acuerdo, señor. Tendrá un chofer en la puerta de su hotel a la hora acordada. ¡Qué tenga un buen día!
¡Gracias! Igualmente.
Tomé otro sorbo de mi coñac. Pensé en volver a llamarte, pero no lo hice; volví a sentarme frente al mac y repasé toda mi presentación: Los sólidos, los cristales, el juego de la luz en su interior, las formas... Me serví otro coñac, miré el reloj. Sólo eran las 20.30h. Pensé en conectarme a Internet y revisar si había alguna respuesta de Londres o Javier, pero decidí posponerlo hasta mañana, no quería que nada me alterase. Me eché en la cama con el traje todavía puesto. “¿Por qué no contestabas mis llamadas?” No podía entenderlo. Empecé a pensar que quizá te habría ocurrido algo; pero no, no podía ser, a ti no podía sucederte nada malo. Me levanté para desnudarme, y lo hice como si lo hicieras tú, pensando en tus manos recorriendo mi cuerpo. Me excité... terminé en el baño y me metí en la cama pensando en tu sexo hasta que me quedé dormido.
Desperté emocionado antes de que me llamaran de recepción. Hoy era el gran día.
Carlota, cómo me hubiera gustado que me vieras, que me escucharas en mi momento de plenitud. Te hubieras sentido tan orgullosa de mí. La sala estaba repleta de gente, gente importante ¿sabes?, y en el centro, yo, con mi gran obra ya, al fin, terminada.

La voz de Marc quedó interrumpida. Se abrió, tras una vuelta de llave, una chirriante puerta cerca de su espalda blanca atada.
Lo que en realidad había era una sala cuadrada con las paredes blancas y desoladas, una mesa redondeada y un par de sillas; una ocupada por Marc, con camisa de fuerza, y la otra, vacía.
Su monólogo cesó. Su irrealidad cobró otra forma.
Marc, vamos, se terminó la hora de visita.
No, todavía no, tengo que contarle a Carlota acerca de mi presentación. Y también quiero pedirle que se case conmigo... ¡Aún no le he entregado el anillo!
Marc, puedes seguir en otro momento, es hora de cenar.
¡Todavía no, he dicho! Esto es importante ¿entiendes? Déjame, es sólo un momento.
Marc, por favor, no te resistas volvió a repetir la curtida enfermera acercándose a él. Mañana, si quieres, puedes volver con Carlota; ahora vamos o entrarán los chicos, y tú no quieres eso ¿verdad? Ya sabes que si vienen no podrás verla en unos días. Venga Marc, será mejor así le dijo levantándole de la silla y guiándole hacia la puerta.
¡No!!!!!!!!!! gritó desesperado ¡Carlota! ¡Quiero estar con Carlota! ¡Bruja, déjame con ella!

Monstruos

Esta noche los monstruos han venido a visitarme. El primero, era un enorme pájaro que arrancaba salvajemente la carne de mi brazo derecho. Estaba fuera de sí, loco ante su presa. Recuerdo ver mi brazo con agresivas irregularidades entre las distintas capas de la piel y la carne. Lo que ahora me pregunto es cómo no sentí dolor alguno.
Al segundo no lo he visto. Estábamos Azul, Gwen y yo en una especie de fábrica de viejas y castigadas paredes grises. Era de noche. Olía a oscuridad y persecución. Mi corazón palpitaba acelerado y con fuerza. En mi brazo izquierdo, por debajo del deltoides, no puedo ver cómo, ha aparecido de repente un gran corte transversal. Nos hemos parado en una sala cuadrada ya que Azul ha dicho que debíamos detenernos para ocuparnos de mi brazo. Gwen me ha dado una botella de vodka y Azul ha cogido una enorme aguja que ha hilado en negro. Recuerdo que era un hilo grueso y algo metálico. Ellas se han mirado; luego, me han dicho: “Bebe”. He bebido un gran trago directamente de la botella y la he golpeado contra el suelo al sentir el alcohol puro y caliente circular por mi interior. “Bebe”. He tomado otro trago y, Azul, ha empezado a coser. Ahí si recuerdo el dolor. Me veo apretar fuertemente la botella para soportarlo. No miro lo que hace, pero siento como coge la carne y va uniéndola; noto el hilo pasar entre mi piel lentamente, una y otra vez. No me quejo. Aguanto el dolor como puedo e intento permanecer lo más inmóvil posible. Ella trabaja concentrada. Puedo sentir su sudor frío. Hay un tremendo silencio; sólo se escucha el susurro agitado de nuestras respiraciones. Sigue cosiendo; sigo notando el hilo, cada vez más corto, pasar. Al fin, termina. Miro mi brazo y compruebo que ha hecho un buen trabajo. La carne está de nuevo unida por un hilo secuenciado en tramas bastante regulares. Coge ella entonces el vodka y es ella la que da un largo trago; luego, nos miramos profundamente y, tras unos largos segundos, las tres nos abrazamos.
“Arriba, debemos continuar”.

Máscaras y preguntas retóricas

He salido a la calle. Lo he logrado, aunque haya sido acompañada. Lo primero que he visto ha sido un hombre con una máscara azul que tapaba su boca y su nariz. Gracias a él, surge esta historia y es que, aunque me cueste, la inspiración está fuera. Son las 03:56h. de un sábado que, en realidad, supuestamente ya es domingo. Me planteo continuamente si tomar un taxi y salir de este escenario que me atormenta, aunque tenga grandes dificultades incluso para escribir. El hombre de la máscara ahora me hace pensar en las mías. Ponerme una de ellas e… ir o no ir, esa es la cuestión.
En casa, las paredes vuelven a resbalar, están cada vez más cercanas a mí; siento caer en esta incómoda y angustiante agonía; otra vez, el precipicio y el vértigo. Huir de aquí… Salir de mí es la tentación peligrosa. Me dicen que, dada mi inestabilidad, no me conviene lo dionisíaco.
Y esto, ¿acaso esto me conviene? ¿Me conviene enfrentarme a mis miedos y lidiar con ellos? ¿Me conviene enfrentarlos y empezar a afrontarlos? ¿Me conviene verlos, cara a cara, y no escapar? ¿Me conviene sufrir un rato, aunque sea un instante duro, en pos de un mañana mejor? ¿Me conviene ver el monstruo de cerca y tener fuerza para darle la espalda? ¿Me conviene estar con alguien que me ama y dejar que me ame y amarle yo también? ¿Me conviene darnos una oportunidad? ¿Me conviene empezar a ver quién soy y aceptarlo y asumirlo como regalo y no permitir que siga siendo un veneno que me está matando? ¿Me conviene asumir la responsabilidad que siento tener aquí, en planeta tierra, como algo que me pesa tanto que apenas logro sostenerme en pie? ¿Me conviene empezar a cuidarme y a quererme? ¿Me conviene vivir? ¿Me conviene salir de este pozo? ¿Podré salir algún día, o, simplemente, aprenderé a vivir con la lucha que implica ser artista?
Conozco las respuestas. Mis preguntas, ahora, las veo retóricas; pero, cuando aparece el miedo, las respuestas, ahora obvias, se tornan monstruos maquiavélicos que me consumen, empujan, dañan, muerden… y no siempre soy capaz de soportar ese dolor. (Decirte a ti que, contigo a mi lado, todo es más fácil. Agradecer también a los muertos y a algunos vivos que compartieron, de una forma u otra, todo esto y así, acompañan en este estar. ¡Gracias eternas!)
Leí algo de Beckett. Decía al principio de su libro que ya no iba a hacerse más preguntas a sí mismo, aunque creo que, en realidad, (aunque no he leído más que unas páginas y en portugués), gran parte de esas líneas eran una gran cuestión profunda de sí mismo, un profundo que tiene que ver con la esencia de la mente creativa que da al mundo desde su alma, alma que antes debe intentar comprender y también manejar en este manicomio (el interno y el externo).
Quizá, por todo esto, la existencia de las máscaras, las incesantes e infinitas preguntas, las relativas respuestas, las preguntas retóricas… desde el uno, y su soledad loca; o su locura, solitaria…

Marla y su niña interior

La vi deambulando por la oscuridad de la ciudad sola, con las lágrimas cosidas a la piel. A sus 22 años conectaba únicamente con una cosa, la filosofía. Marla vivía sola en una pequeña buhardilla que alquiló en París cuando decidió separarse de los suyos y recorrer su propio camino. Así pues, su mamá estaba algo lejos, aunque no tanto como ella hubiera deseado, y su papá las abandonó cuando ella contaba con 4 años.
La escuché hablar con ella misma en voz alta; decía que la tristeza estaba instaurada en su alma; el frío, clavado en todo su cuerpo. Confesaba… como hablando al viento:
-Siento otra vez ese regosto metálico en mi boca; es similar a la sensación de tener sed, pero no se calma con agua. Ese sabor de vacío me recorre hasta el estómago y me retuerce con fuerza en mi centro. ¿Qué me está pasando?
-El estado del abandono -contestó alguna otra voz dentro de su cabeza.
-Esto es demasiado gris, me estoy ahogando -continuó con un tono más aniñado su misma voz, que seguía conversando al mundo en voz alta-, vayámonos de aquí a un mundo donde podamos estar libres.
-¿Crees que no podemos estar libres y desarrollarnos aquí? -prosiguió el tono adulto.
-No sé... ¿Por qué cada vez jugamos menos? ¿Por qué las personas parecen tristes?
Hubo un silencio por un momento. Yo la seguía de cerca, y al pararse, creí que me había descubierto, pero no. Al cabo de unos segundos, prosiguió.
-Tampoco entiendo este mundo, ¿sabes? -se contestó más grave-. Me faltan respuestas para tantas preguntas...
-¿Pero...por qué lo piensas todo tanto? ¿Dónde se fue la magia? ¿Y los sueños, por qué los quieres enterrar?
-No los quiero enterrar, -inquirió molesta la voz más matriarcal-, lo que sucede, es que ya casi no sueño. Todo se marchita, se apaga como el color de una acuarela expuesta durante meses al sol.
-Ya tampoco ríes a carcajadas -replicó la voz de niña-, ni disfrutamos del momento como antes. Vives buscando razones para todo, incluso para sentirte bien. ¡Eres insoportable!
-¿Tú crees? -preguntó humildemente la voz adulta.
-¿De verdad te importa lo que creo? -dijo la parte niña-. Pues lo que creo es que me tienes abandonada en un rincón, me siento sola y desarraigada; me pregunto si todavía me sientes, si aún me recuerdas, si aún crees que formo parte de ti o piensas desterrarme al olvido… si memoras nuestra vitalidad, nuestros juegos, el mundo fantasía...
Marla se quedó en silencio de nuevo. El diálogo cesó, como cesó de nuevo su caminar. Volvió a tomar conciencia del escenario por el que pasaba; reconoció la calle, los árboles cercanos a su casa y decidió ir hasta ella. Subió los cinco pisos de las desgastadas escaleras; al abrir la puerta, escuchó sonar el teléfono, pero no atendió. Su cuerpo seguía frío y tembloroso.
-Debemos hacer un pacto -dijo la voz algo más calmada ya a su niña.
-¿Qué clase de pacto?
-Una alianza para estar bien las dos.
-Pero a mi no me gusta así este mundo, ni tu forma de vivirlo. Yo deseo vivir de otra manera y parece que no quieres. Yo creo que todo es un juego, una aventura; tú, te lo tomas todo demasiado en serio. Ya nunca tienes tiempo, siempre estás ocupada en esas cosas que crees “de mayores”. Me siento abandonada, como desconectada de ti.

Marla fue a echarse sobre su dura cama, con sus zapatitos de charol negros todavía puestos.
Seguía llorando, ahora más descontrolada que hacía unos minutos. Cogió su diario y empezó a escribir: “No sé qué hacer, ni a quién acudir; estoy triste, necesito ayuda...” Entonces, una voz nueva, surgió de su interior. Una voz que, Marla, simplemente, transcribiría. Dijo así:
-Nadie dice todo esto para que lloremos más, aunque debemos llorar todo lo que necesitemos. Vivir con conciencia da miedo, lo sé; también sé que morir no tanto. La vida es dura, y a veces, pesa la ciclotimia y las continuas contradicciones del todo: El día y la noche, el sol y la tormenta, el viento y sus gritos, las estaciones, el negro, el rosa...
Puedes irte cuándo lo desees, lo sabes, pero mejor sería que te despidas de este mundo un día en el que estés plena y feliz con tu recorrido. Hoy no me parece un día indicado para arrojarte.
Te invito a recordar la luna llena. El tacto del silencio. El cielo índigo rebosante de estrellas. El sabor del aire. El olor de la vainilla. F. Nietzsche. La eternidad del instante. El café por la mañana en la soledad y el sigilo de tu hogar. La inmensidad del mundo, los viajes, las culturas. Tu imaginación. El baño en el mar muerto, desnuda, envuelta en arcilla. El crepúsculo. Las sombras en el bosque. Los rayos de sol en tu cara. La sonrisa que eso te produce. El estornudo. Los espejismos. El agua caliente. La química del vaho. La cascada. Las hadas, los elfos. La abeja alimentándose de la flor. Los colores de la libélula. El violín. Pachelbel. El conocimiento. La curiosidad y la libertad para crear tu vida en cada momento. El poder auténtico. El ser que eres. La madurez y la integridad a la que te asomas. La belleza de tu alma. La cama caliente. El dormir. El despertar...






Soledad

Carlos estuvo retrasando todo lo que pudo el regresar a casa. Había dejado esa mañana su ordenador a reparar en el servicio técnico. Cuándo ya no soportó más el frío, no tuvo más opción que ir hacia su destartalado edificio en una zona de calles amplias y desoladas de la ciudad. Entró en su apartamento de apenas veinte metros cuadrados. Escasa decoración. Las paredes mostraban rastros de humedad y moho. Ninguna ventana. La única mesa del lugar estaba vacía. Completamente vacía. Se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo. La noche se le antojó infinita.

Tiempo

Estaba esa noche Dalí en su estudio de Cadaqués. Estaba solo y parecía meditar frente a su cuaderno. Garabateaba sin sentido aparente hasta que surgió la forma de un reloj blando que parecía resbalar.

Todo esto empieza cuándo termina la vida

De repente te encuentras en ese sitio oscuro, con escasas bombillas antiguas que cuelgan de unas paredes castigadas, con toda esa gente vestida de azul; el tempo es abrumadoramente acelerado, están sudando, empapados en agua. Yo estoy seca, completamente vacía, como evaporada. Hay infinidad de máquinas, de todo tipo, con múltiples conexiones entre ellas. Se ven rojos, verdes, amarillos y azules metálicos circulando entre ellas a modo de venas; circula rápidamente, a bandadas. Muchos de los hombres de azul están frente a una de esas máquinas totalmente absortos e idos, manejando sus dedos como queriendo alcanzar la velocidad de la luz. El ambiente es subterráneo. Me levanto y empiezo a correr por ese enorme espacio lleno de escaleras y pasadizos; arriba y abajo, sin parar, no puedo parar, mi cuerpo va solo, y yo no entiendo nada, sólo corro y corro al son del lugar, sin darme cuenta de que no llego a ninguna parte. Todo está en funcionamiento, ellos en sus puestos, corriendo, acelerados, conectados a esas máquinas, a esa velocidad inherente. Y yo sigo corriendo, como embriagada por la necesidad de funcionar también. Nadie sufre de pura ni dura actividad mental. Inexistente. Nadie habla. Nadie se mira. Intento mirarlos, pero no los veo, no puedo encontrar sus ojos. Dejo de correr cuándo me doy cuenta de que el escenario es el mismo de lo que para mi fueron más de quince pisos. Nadie me mira. “¿Quizá ellos tampoco me ven?”, me pregunto. Me acerco a uno de ellos y le digo algo, algo sin sentido supongo. Sólo lo hago para comprobar que ni tan siquiera me oyen. Lo que siento, estalla. Una impotencia furiosa se apodera de mí, y entonces, sólo puedo gritar, gritar con tantas fuerzas que compruebo que el lugar sí que me escucha y que realmente estoy existiendo en ese sitio. Se rompen dos bombillas y las paredes tiemblan y esa especie de conglomerado de venas que circulan por el lugar, también se mueve, arriba y abajo, y, entonces, alguien parpadea; aunque sólo es por un momento, puedo verlo. Me acerco hacia él y descubro que ha vuelto al manejo de sus dedos muertos.
Oye… Oye, tú le insisto con mi voz más elevada y golpeándole en el hombro. ¡Tú! ¡Tú!... Sigo golpeándole y gritándole hasta que tengo la sensación de que estoy hablando con un muñeco de trapo. Casi lloro. Pero no lo hago porque algo llama mi atención. Las venas cambian de color y ellos, de posición. Entonces, como si una parte de mi consciencia despertara, me acuerdo de Adolph. Observo que aún tengo el conector en mi cintura y recuerdo de pronto que acordamos conectar cuándo estuviese dentro. Cojo rápidamente el aparato y aprieto el botón verde tres veces. En seguida recibo tres palpitaciones rojas. Sonrío. Todo el malestar se ha ido y la fuerza vuelve a acompañarme. Le hago saber que estoy bien, que necesito información sobre venas circulantes de espacios que cambian de color, y que cuando lo tenga, me lo pase, que voy a investigar por mi lado.
Ahora todos están sentados. En lugar de sus manos, ahora manejan su boca en parejas. Tienen los ojos cerrados. Los miro y recuerdo entonces el primer beso entre Adolph y yo. Estaba a punto de matarme, y él, me salvó con su contacto. Con su beso, la vida circuló de nuevo por mis venas; noté mi cuerpo conectado a mi mente y sentí de nuevo la perdida integración. Esto ocurrió hace poco más de dos años, y desde entonces, ya no he vuelto a desear la muerte. Desde ese día, juntos nos entregamos por entero a la vida y a la conservación de ésta, por ello, hoy, estoy aquí, en este lugar, en este mundo. Por cierto, olvidé presentarme, soy Mina.
El circuito de color vuelve a cambiar y todos van hacia unas fuentes que hay repartidas por el espacio. Hacen cola. No hablan. No se miran. Sólo beben cuando les llega su turno. Me aparto a un rincón para observar atentamente todas las secuencias. Me siento e intento concentrarme sólo en eso. Intento repasar mis conocimientos matemáticos. Pienso en los fractales. Veo muy nítidamente los colores. Mi cabeza empieza a hablar, sola, buscando relación entre la secuencia de colores (241, 239, 41, 256…), el espacio, el tiempo y el movimiento. Como vosotros ya habréis imaginado desde hace un rato, hay una relación entre las venas que circulan por el lugar y los quehaceres de los individuos que, cuán marionetas, siguen al unísono del color y la vibración. No hay que ser un genio para averiguar eso. El tema es saber cuál es la conexión y así, devolverles a su estado humano, conectarles con su alma. Se aceptan ideas.