La niña y sus zapatitos rojos

La niña, que ya no es tan niña, ha perdido sus zapatitos rojos*. Alguien le pregunta dónde están, pero la niña no puede recordar cuándo ni cómo ocurrió. ¿Cuál habrá sido el inicio de todo? ¿Dónde encontrarlo si todo es tan abrumadoramente cíclico?
Ella sólo sabe que todo fue demasiado deprisa. Hace frío. Mucho frío. La niña está temblando. La nieve estaba por todas partes y ella sólo corría, sólo podía correr para escapar. Escapar de ella, escapar de él, escapar del miedo. La gente está muerta, se decía, sólo veo muertos. El fuego me persigue, no quiero quemarme. Corría y corría por ese mundo inerte. Las llamas brillan agresivas en la oscuridad. Los gritos desesperados de familias enteras me golpean los tímpanos. Déjenme salir. Hay demasiado ruido. Demasiado sufrimiento.
Ahí me tienen encerrada y me violan y me golpean. La niña tiene violetas y escarlatas en su tez escuálida y cadavérica. Su vestido blanco está roto, mordazmente roto. La niña tiene frío, grita que la dejen salir. Vomita.
Allá ayudo a mi pueblo y rezo a los dioses para que la cosecha no se eche a perder. Se va y vuelve y vuelve a irse. Corre, se decía a sí misma, corre. Tengo frío, déjenme salir. Me duele. Ahí me están embalsamando; alguien logró, otra vez, su cometido. Demasiado frío. Tiembla.
El aliento apenas ya la sostenía, las fuerzas amenazaban con abandonarla, pero seguía corriendo, sin mirar atrás, escapando del miedo, huyendo de ella y de él. El pueblo, apenas despierto, pasaba por su lado como si fuera un escenario teatral. “Pide ayuda”, le susurró alguien, pero ella no podía parar (¿huía de la vida? ¿De sus semejantes?).
Sus pies, vestidos de rojo charol, parecían ir solos, como si tuvieran voluntad propia. La niña está empapada en sudor, completamente rígida. Tiembla y convulsiona. Otra vez, el vértigo. Déjenme salir. Vuelven los escalofríos. No quiero volver al precipicio. Sigue temblando. Más mantas. Cierro los ojos y, el estómago, que me da un vuelco, me empuja hacia abajo. Me caigo; me siento como Alicia mientras sucumbía hacia el subterráneo. Todo va demasiado deprisa. Todo está muy oscuro. Paren, paren.
El rimel negro dibujaba líneas aguadas e irregulares hasta su cuello, como pequeños riachuelos algo sucios. Otra vez, vomita; los miedos salen propulsados como si fueran un obús.
La niña ya no puede correr más. Ha perdido sus zapatitos. “¿Dónde están tus zapatitos rojos?”
El camino, desdibujado; la niña, agotada. "Déjenme salir, tengo frío, tanto frío…"
Paren el mundo, quiero bajarme.
-Descansa. Recuperarás tus zapatitos.

*A quién le interese indagar en el mundo de los símbolos, buscar zapatos rojos. Aunque hay varias interpretaciones con respecto a ellos, recomiendo especialmente el cuento de la doctora Clarissa Pinkola Estés. Ella los asocia al poder.

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