Soledad

Carlos estuvo retrasando todo lo que pudo el regresar a casa. Había dejado esa mañana su ordenador a reparar en el servicio técnico. Cuándo ya no soportó más el frío, no tuvo más opción que ir hacia su destartalado edificio en una zona de calles amplias y desoladas de la ciudad. Entró en su apartamento de apenas veinte metros cuadrados. Escasa decoración. Las paredes mostraban rastros de humedad y moho. Ninguna ventana. La única mesa del lugar estaba vacía. Completamente vacía. Se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo. La noche se le antojó infinita.

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