Todo esto empieza cuándo termina la vida

De repente te encuentras en ese sitio oscuro, con escasas bombillas antiguas que cuelgan de unas paredes castigadas, con toda esa gente vestida de azul; el tempo es abrumadoramente acelerado, están sudando, empapados en agua. Yo estoy seca, completamente vacía, como evaporada. Hay infinidad de máquinas, de todo tipo, con múltiples conexiones entre ellas. Se ven rojos, verdes, amarillos y azules metálicos circulando entre ellas a modo de venas; circula rápidamente, a bandadas. Muchos de los hombres de azul están frente a una de esas máquinas totalmente absortos e idos, manejando sus dedos como queriendo alcanzar la velocidad de la luz. El ambiente es subterráneo. Me levanto y empiezo a correr por ese enorme espacio lleno de escaleras y pasadizos; arriba y abajo, sin parar, no puedo parar, mi cuerpo va solo, y yo no entiendo nada, sólo corro y corro al son del lugar, sin darme cuenta de que no llego a ninguna parte. Todo está en funcionamiento, ellos en sus puestos, corriendo, acelerados, conectados a esas máquinas, a esa velocidad inherente. Y yo sigo corriendo, como embriagada por la necesidad de funcionar también. Nadie sufre de pura ni dura actividad mental. Inexistente. Nadie habla. Nadie se mira. Intento mirarlos, pero no los veo, no puedo encontrar sus ojos. Dejo de correr cuándo me doy cuenta de que el escenario es el mismo de lo que para mi fueron más de quince pisos. Nadie me mira. “¿Quizá ellos tampoco me ven?”, me pregunto. Me acerco a uno de ellos y le digo algo, algo sin sentido supongo. Sólo lo hago para comprobar que ni tan siquiera me oyen. Lo que siento, estalla. Una impotencia furiosa se apodera de mí, y entonces, sólo puedo gritar, gritar con tantas fuerzas que compruebo que el lugar sí que me escucha y que realmente estoy existiendo en ese sitio. Se rompen dos bombillas y las paredes tiemblan y esa especie de conglomerado de venas que circulan por el lugar, también se mueve, arriba y abajo, y, entonces, alguien parpadea; aunque sólo es por un momento, puedo verlo. Me acerco hacia él y descubro que ha vuelto al manejo de sus dedos muertos.
Oye… Oye, tú le insisto con mi voz más elevada y golpeándole en el hombro. ¡Tú! ¡Tú!... Sigo golpeándole y gritándole hasta que tengo la sensación de que estoy hablando con un muñeco de trapo. Casi lloro. Pero no lo hago porque algo llama mi atención. Las venas cambian de color y ellos, de posición. Entonces, como si una parte de mi consciencia despertara, me acuerdo de Adolph. Observo que aún tengo el conector en mi cintura y recuerdo de pronto que acordamos conectar cuándo estuviese dentro. Cojo rápidamente el aparato y aprieto el botón verde tres veces. En seguida recibo tres palpitaciones rojas. Sonrío. Todo el malestar se ha ido y la fuerza vuelve a acompañarme. Le hago saber que estoy bien, que necesito información sobre venas circulantes de espacios que cambian de color, y que cuando lo tenga, me lo pase, que voy a investigar por mi lado.
Ahora todos están sentados. En lugar de sus manos, ahora manejan su boca en parejas. Tienen los ojos cerrados. Los miro y recuerdo entonces el primer beso entre Adolph y yo. Estaba a punto de matarme, y él, me salvó con su contacto. Con su beso, la vida circuló de nuevo por mis venas; noté mi cuerpo conectado a mi mente y sentí de nuevo la perdida integración. Esto ocurrió hace poco más de dos años, y desde entonces, ya no he vuelto a desear la muerte. Desde ese día, juntos nos entregamos por entero a la vida y a la conservación de ésta, por ello, hoy, estoy aquí, en este lugar, en este mundo. Por cierto, olvidé presentarme, soy Mina.
El circuito de color vuelve a cambiar y todos van hacia unas fuentes que hay repartidas por el espacio. Hacen cola. No hablan. No se miran. Sólo beben cuando les llega su turno. Me aparto a un rincón para observar atentamente todas las secuencias. Me siento e intento concentrarme sólo en eso. Intento repasar mis conocimientos matemáticos. Pienso en los fractales. Veo muy nítidamente los colores. Mi cabeza empieza a hablar, sola, buscando relación entre la secuencia de colores (241, 239, 41, 256…), el espacio, el tiempo y el movimiento. Como vosotros ya habréis imaginado desde hace un rato, hay una relación entre las venas que circulan por el lugar y los quehaceres de los individuos que, cuán marionetas, siguen al unísono del color y la vibración. No hay que ser un genio para averiguar eso. El tema es saber cuál es la conexión y así, devolverles a su estado humano, conectarles con su alma. Se aceptan ideas.

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